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viernes, 6 de agosto de 2010

Carta del Prelado del Opus Dei (agosto 2010)

El año mariano que recorre el Opus Dei y las fiestas dedicadas a la Virgen son una ocasión para hablar de la Madre de Dios en la carta que Mons. Echevarría dirige este mes a los fieles de la Obra.
04 de agosto de 2010
PDF: Carta del Prelado (agosto 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Os escribo al regreso del viaje que he realizado a algunos países de América del Sur. En Ecuador, Perú y Brasil, además de tener la alegría de reunirme con un buen número de hermanas y hermanos vuestros, y con muchas otras personas, he rezado ante diversas advocaciones de la Virgen. Apoyándome en cada una y en cada uno, he tratado de revivir la piedad con que San Josemaría rezaba ante las imágenes de la Santísima Virgen, y he agradecido a nuestra Madre su constante oración por la Iglesia y por la Obra, pidiéndole que nos siga bendiciendo abundantemente. Sí, he contado con vuestra oración mariana, porque llevo muy grabada en el alma una exclamación de nuestro Padre, en el Santuario de Aparecida, que luego repitió en São Paulo: «le he dicho a la Virgen que quería rezar con mucha fe». Antes, primero en Ecuador, he considerado la estupenda lección de San Josemaría, pues le afectó el mal de altura, el “soroche”, y tuvo que reducir casi completamente su actividad de catequesis, mientras seguía creciendo en su vida personal la devoción a San José y la infancia espiritual: allí estuvo “activamente inactivo” quince días. En Perú, han pasado por mi mente muchísimos recuerdos; entre otros, su alegría inmensa al ver representada una escena que llevaba muy metida en el corazón: la Virgen y San José en adoración a Jesucristo escondido en el Sagrario: ¡con qué cariño se detuvo ante el altar!
Intensifiquemos nuestras muestras de amor a la Virgen, en los meses que aún nos restan para la conclusión de este año mariano. Precisamente el próximo día 15, solemnidad de la Asunción, comenzaremos a recorrer la segunda parte. Procuremos hacerlo con un renovado espíritu filial, al compás de la vida mariana de San Josemaría. «Si en algo quiero que me imitéis —nos dijo innumerables veces—, es en el amor que tengo a la Virgen». Y, en otras ocasiones, nos señalaba: «imitad a Jesucristo, que es el Modelo de todo, también en el amor a su Madre»[1].
El hecho de llegar a la mitad de los meses del tiempo que, con motivo del 80º aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres, hemos puesto en manos de la Virgen, nos ofrece la oportunidad de hacer un balance de las semanas transcurridas, para impulsarnos a proseguir la andadura a buen ritmo. Especialmente «en las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad»[2].
La solemnidad del día 15 nos invita a poner en práctica con esmero este consejo de nuestro Padre. La grandiosa elección que de Ella hizo Dios desde la eternidad, para que fuera Madre del Verbo encarnado, llega a su culmen cuando es recibida gloriosamente, en cuerpo y alma, en el Cielo. La Asunción de María, que cierra la parábola iniciada con su Inmaculada Concepción, nos incita vivamente a fijarnos con mayor detenimiento en nuestra Madre, a meditar con mayor hondura cómo recorrió Ella su peregrinación diaria en este mundo, hasta llegar a la morada celestial.
En el evangelio de la Misa de esa fiesta, la Iglesia nos propone el pasaje de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. Los Padres y los escritores eclesiásticos han comentado siempre ese episodio como una imagen gráfica de lo que caracterizó la entera existencia de Santa María, definida por su obediencia pronta y alegre a lo que el Señor le indicaba. Desde el fiat que pronunció en la Anunciación hasta ese otro fiat, manifestado sin palabras, al pie de la Cruz, toda la vida de María se resume en una fidelidad completa, sin fisuras de ningún tipo, a la Voluntad amabilísima de Dios.
San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de María, relata con detalle esa visita de la Virgen a Santa Isabel: una escena bien impresa en nuestra memoria —como tantas otras del Evangelio—, porque cada día la contemplamos al meditar los misterios del Rosario. Volvamos a saborearla ahora.
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada Tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”[3].
A estas palabras de Isabel, la Virgen, inspirada también por el Espíritu Santo, respondió con ese canto de agradecimiento y de alegría incontenible: el Magnificat. No nos podemos detener en todas sus riquezas; sólo deseo resaltar algunos detalles de esta escena, sobre la que San Josemaría meditó profundamente.
San Gabriel comunicó a María que Isabel esperaba un hijo, como prueba de la omnipotencia de Dios; no le pidió, ni sugirió, que fuera a visitarla. Sin embargo, la Virgen piensa que su prima necesita de su auxilio y descubre también en eso una voluntad de Dios. Inmediatamente se dirigió al pueblecito donde residía su anciana prima. Llama la atención ese cum festinatione, con prisa, que San Lucas subraya oportunamente. El motivo salta a la vista, como explicó ya San Ambrosio: «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud»[4]. El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo a ese Doctor de la Iglesia, comenta que «el evangelista, al decir esto, quiere destacar que para María, seguir su vocación, dócil al Espíritu de Dios, que ha realizado en Ella la Encarnación del Verbo, significa recorrer una nueva senda y emprender enseguida un camino fuera de su casa, dejándose conducir solamente por Dios»[5].
El Evangelio nos ofrece la primera lección que aprendemos de nuestra Madre, constante en su conducta: cuando el amor de Dios se nos manifiesta al alma, el deber nuestro que de ahí deriva se concreta en corresponder a su gracia con urgencia, con generosidad plena a esas inspiraciones divinas, sin entretenerse en lo que pudiera significar un retraso o una tardanza. Cuando Dios pasa a nuestro lado —y a todos nos ha llamado y nos llama por nuestro nombre, para que le sigamos muy de cerca—, hay que dejar de lado todo lo que pudiera dificultar ese ir tras de Él, con Él. La existencia entera ha de estar rubricada por esa sagrada prisaque —como afirma el Papa— se requiere en quien sabe «que Dios es siempre la prioridad y ninguna otra cosa debe crear prisa en nuestra existencia»[6].
Recuerdo algunos sucedidos de la vida de nuestro Padre, que nos ilustran cómo nuestro Fundador alimentaba sus prisas para amar más y más a Dios y a la Virgen.
Desde los primeros años de la Obra, a medida que iba prendiendo con mayor fuerza en su alma el cariño a nuestra Madre, sus biógrafos relatan cómo se esmeraba en saludar a Santa María en las imágenes que encontraba en sus recorridos por las calles de Madrid. En una ocasión, anotó en sus apuntes personales el siguiente suceso: «esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño»[7].
Hacia el final de su vida, cuando ya se encontraba más débil, pasaba un día delante de un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño, en Villa Tevere. Quiso besar a la imagen y, como delante había un banco, no resultaba fácil. Se empeñó en cumplir ese gesto. Luego nos invitó a pensar: aunque esto sea una nadería —se refería al esfuerzo que había debido realizar—, vamos a preguntarnos qué manifestaciones de cariño ponemos, con denuedo, para corresponder al amor de Dios y de la Santísima Virgen, ante la gran manifestación de amor que se encierra en la Encarnación. Os traslado la pregunta. ¿Qué esfuerzo concreto estamos decididos a poner en los meses que faltan del año mariano, para corresponder a la predilección que el Señor y su Santísima Madre nos demuestran constantemente? ¿Queremos quererla —no es una redundancia— más? ¿La buscamos con el afán de que nos lleve a su Hijo?
Repasemos un segundo detalle de la escena de la Visitación. Cuando María exclama su Magnificat de alabanza a Dios, la primera consideración que sale después de su boca —como antes, en la Anunciación— es el reconocimiento de su humildad, en el sentido de proclamar su nada delante de Dios; un reconocimiento que es parte esencial de esta virtud.«¡Qué grande es el valor de la humildad! —“Quia respexit humilitatem...”Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”»[8].
Señalaba San Agustín que «la morada de la caridad es la humildad»[9]. Sólo sobre una base de profunda humildad se abona el terreno para que crezca una caridad sincera. La extraordinaria humildad de la Virgen, que en todo momento quiso que Dios obrara en su alma, sin apropiarse méritos de ninguna clase, alcanzó que el Señor se inclinase hacia Ella cada vez con más amor, conduciéndola de plenitud en plenitud hasta recibirla en la gloria.
Hijas e hijos míos, aprendamos de esta Madre buena a comportarnos de igual modo en las más diversas circunstancias. Hasta el último momento, tendremos que luchar contra los enemigos de nuestra santificación; especialmente contra el amor propio, que define el principal obstáculo que se opone a nuestra unión con Dios. Pero escuchemos de nuevo a San Josemaría. En una ocasión, respondiendo a quien le preguntaba cómo luchar en este punto de la vida espiritual, insistía: «es bueno que tengas deseos de ir contra la soberbia; pero yo, sin ser profeta, te digo que tendrás inclinaciones de soberbia hasta la última hora de tu vida. Pídele al Señor que te haga humilde (...): quia respexit humilitatem ancillæ suæ(Lc 1, 48). Dios Nuestro Señor la miró porque vio la humildad de su Sierva. Por lo tanto, tú procura servir a Nuestro Señor e imitar a la Virgen en la humildad. En el Evangelio, no la encontramos a la hora de los grandes triunfos de su Hijo: la encontramos al pie de la Cruz. Pero también la encontramos ante el primer milagro: lo hace el Señor, porque se lo pide la Virgen Santísima. Pídele el milagro de que te haga humilde a ti y de que me haga humilde a mí»[10].
La meditación de los grandes privilegios de Santa María nos llena ciertamente de pasmo: ¡es tan maravillosa nuestra Madre del Cielo! La contemplamos, en la escena del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de estrellas[11]. Sin embargo, «todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca»[12]. Desde el Cielo, en efecto, nos sigue a cada una, a cada uno, como si fuéramos su único hijo, su única hija, y no cesa en sus desvelos por nosotros, para que un día lleguemos a gozar, en unión con su Hijo y con todos los ángeles y santos, de la eterna bienaventuranza.
Se lo recordaremos una vez más, el próximo 15 de agosto, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón dulcísimo e inmaculado. Fomentemos ese día la comunión de intenciones con todos los fieles de Prelatura —los que estamos en la tierra y los que ya han rendido su alma a Dios—, y de modo especial con nuestro Padre, bien unidos a la consagración que realizó en Loreto el año 1951 y a la que yo personalmente renovaré, en nombre de todos, en este año mariano. Confiemos nuestras ilusiones y nuestros proyectos a los cuidados de nuestra Madre, que —según una acertada expresión de Santo Tomás de Aquino— es «totius Trinitatis nobilis triclinium»[13], el lugar donde la Trinidad encuentra su reposo; porque —como afirma el Papa en una reciente audiencia— «con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres Personas divinas inhabitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda»[14].
Se lo volveremos a repetir el 22 de este mismo mes, fiesta de Santa María Reina, y al día siguiente, aniversario de aquella locución divina que dejó en nuestro Padre «sabores de panal y de miel», en momentos en que lo necesitaba especialmente: adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur!
Que sea muy intensa nuestra oración por el Santo Padre, por su Augusta Persona —también por su reposo en estos meses—, por sus intenciones, por todos los proyectos que, para bien de las almas, lleva en el corazón.
Y, al compás de todo esto, ayudadme en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2010

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-IV-1974.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 291.
[3] Lc 1, 39-45.
[4] San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19 (PL 15, 1560).
[5] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2009.
[6] Ibid.
[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 446 (3-XII-1931). Cit. en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 341.
[8] San Josemaría, Camino, n. 598.
[9] San Agustín, La santa virginidad, 51.
[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-X-1972.
[11] Cfr. Ap 12, 1.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2008.
[13] Santo Tomás de Aquino, Exposición sobre el Avemaría, cap. 1.
[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 23-VI-2010.

lunes, 5 de julio de 2010

[Opus Dei] Carta del Prelado (julio 2010)

Hacer del trabajo una oración a Dios: este es el mensaje principal que la formación que ofrece el Opus Dei recuerda a tantos cristianos. En él profundiza el Prelado en su carta del mes de julio.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Han transcurrido treinta y cinco años desde que, el 26 de junio de 1975, Dios llamó a nuestro Padre a gozar para siempre de su presencia en el Cielo. Como en anteriores aniversarios, innumerables personas han acudido a las Misas en honor de San Josemaría, celebradas en el mundo entero con motivo de su fiesta litúrgica. En todas partes se ha levantado hasta el Señor una intensa acción de gracias por haber concedido al mundo y a la Iglesia un pastor como nuestro santo Fundador, que es modelo de conducta cristiana y valioso intercesor en todas nuestras necesidades espirituales y materiales.
Además, la fiesta apenas transcurrida constituye una ocasión para considerar a fondo el mensaje que San Josemaría, por voluntad divina, difundió entre las mujeres y los hombres: que, con la ayuda de la gracia, podemos y debemos alcanzar la santidad —es decir, la perfección de la caridad, la unión plena con Dios— a través de la realización fiel y acabada del trabajo profesional y en medio de las demás circunstancias ordinarias de la vida.
Profundicemos en lo que constituye el núcleo de esta enseñanza: la necesidad de esforzarse por convertir el trabajo —cualquier trabajo, manual o intelectual— en verdadera oración. El Evangelio afirma claramente la necesidad de orar siempre y no desfallecer[1]; y San Pablo, haciéndose eco de esta enseñanza, añade: sine intermissione orate[2], orad sin interrupción. La recomendación tiene la fuerza de un mandato. Pero no sería posible llevarlo a la práctica, si lo interpretásemos equivocadamente en el sentido de que es preciso estar constantemente rezando, vocal o mentalmente; actuación imposible en nuestra actual condición terrena. La realización de las tareas que nos ocupan —familiares, profesionales, sociales, deportivas, etc.— exige muchas veces una atención completa de nuestra memoria y de nuestra inteligencia, un firme empeño de nuestra voluntad; y esto sin tener en cuenta la necesidad de dedicar al sueño las horas necesarias. Recuerdo a este propósito la gran alegría de San Josemaría cuando, después de haber enseñado durante años que hasta el sueño podemos convertirlo en oración, leyó un texto de San Jerónimo en el que se expresa la misma idea[3].
Pero hemos de considerar en su verdadera hondura esa urgencia del Maestro. Nos invita a vivificar la entera existencia humana, en todas sus dimensiones, con el afán de transformarla en plegaria: una oracióncontinua, como el latir del corazón[4], aunque con frecuencia no se exprese en palabras. Así lo enseñó San Josemaría a sus hijas e hijos, y a todas las personas que desean santificarse según el espíritu de la Obra. Repetía: el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa[5].
Convertir el trabajo en oración. Este intento diario de conducirnos como mujeres y hombres contemplativos, en las más diversas circunstancias de la existencia, nos señala la meta elevada, como la santidad, que —convenzámonos— se convierte en asequible con la ayuda de la gracia. «Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo»[6], declaraba el Papa a propósito de la figura de San José. Sólo situando el trabajo ordinario en íntima relación con el afán de santidad, es posible para la inmensa mayoría de los cristianos aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana.
Me vienen a la memoria las acciones de gracias que brotaban del alma de nuestro Padre, cuando leía las cartas de sus hijas y de sus hijos. Se removió mucho cuando un campesino, un fiel de la Obra, le decía que se levantaba muy de madrugada y ya rogaba al Señor que nuestro Padre descansara en el sueño, y añadía esa persona que luego, mientras abría con el tractor los surcos en la tierra, rezaba Acordaos y otras plegarias. Disfrutó mucho nuestro Fundador al comprobar la realidad de una vida contemplativa, en medio de los trabajos del campo.
En la carta apostólica que —invitando a la santidad— escribió al comienzo del nuevo milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II se expresaba de la siguiente manera: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos "genios" de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (...). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[7].
Nuestro Padre reiteró esta doctrina una vez y otra, afirmando que la contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas —afirmaba de modo gráfico, para que quedara bien grabado en los oyentes— con conocimientos elementales de religión, piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo[8].
Así como el cuerpo necesita del aire para respirar y de la circulación de la sangre para mantenerse en vida, así el alma precisa permanecer en contacto con Dios a lo largo de las veinticuatro horas de la jornada. Por eso, la piedad auténtica impulsa a referir todo al Señor: el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el sueño y la vigilia. Como escribía don Álvaro en 1984, «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración no puede haber sólo un "armisticio", más o menos conseguido; debe existir una unión plena, una fusión que no deja residuos. El trabajo alimenta la oración y la oración empapa de sí el trabajo»[9].
Para alcanzar esta meta, además del auxilio de la gracia, se requiere un esfuerzo personal constante, que a menudo se concreta en pequeños detalles: recitar una jaculatoria o una breve oración vocal aprovechando un desplazamiento o una pausa en la tarea; dirigir una mirada cariñosa a la imagen del crucifijo o de la Santísima Virgen, que discretamente hemos colocado en nuestro lugar de trabajo, etc. Todo esto sirve para mantener viva en el alma una orientación de fondo hacia el Señor, que cotidianamente tratamos de fomentar en la Misa y en los ratos dedicados expresamente a la meditación. Y así, aunque en muchos momentos estemos concentrados en las diversas ocupaciones, porque la mente se sumerge plenamente en la realización de las diferentes tareas, el alma sigue fija en el Señor y mantiene con Él un diálogo que no está compuesto de palabras, y ni siquiera de pensamientos conscientes, sino de afectos del corazón, de deseos de realizar todo, hasta lo más menudo, por Amor, con el ofrecimiento de aquello que nos ocupa.
Cuando nos conducimos con semejante empeño, el trabajo profesional se convierte en una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas...; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada.
Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio[10].
Con la misma fuerza con que impulsaba a convertir el trabajo en oración, nuestro Padre insistía en la necesidad de no abandonar los tiempos dedicados exclusivamente al Señor: la Misa y la Comunión frecuentes, los ratos de oración mental, el rezo del Rosario y otras prácticas de piedad largamente experimentadas en la Iglesia; con tanto más cuidado y atención cuantas mayores dificultades surgen a causa de un horario apretado de trabajo, de la fatiga o de los momentos áridos que antes o después no faltan en la vida de nadie. «Tales ejercicios —recordaba don Álvaro— no han de concebirse como interrupciones del tiempo dedicado al trabajo; no son como paréntesis en el transcurso de la jornada. Cuando rezamos, no abandonamos las actividades "profanas" para sumergirnos en las actividades "sagradas". Por el contrario, la oración constituye el momento más intenso de una actitud que acompaña al cristiano en toda su actividad y que crea el lazo más profundo, porque es el más íntimo, entre el trabajo realizado antes y el que se tornará a realizar inmediatamente después. Y, paralelamente, justamente del trabajo sabrá obtener materia con que alimentar el fuego de la oración mental y vocal, impulsos siempre nuevos para la adoración, la gratitud, el confiado abandono en Dios»[11].
Dentro de pocos días marcharé a Ecuador, Perú y Brasil, para estar con mis hijas y con mis hijos, y alentar su labor apostólica. Os ruego que, como siempre, me acompañéis en este viaje con vuestra oración, con el ofrecimiento de vuestro trabajo y de vuestro descanso, los que ahora estéis disfrutando de un tiempo de vacaciones. Cuidad el trato con Dios también en esos días, recordando lo que nuestro Padre nos enseñó: siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio.
Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual[12].
También en este mes se cumple el 75º aniversario de cuando el queridísimo don Álvaro respondió al Señor: ¡aquí estoy! A su intercesión confío vuestra fidelidad y la mía, para que sea diariamente enteriza, y para que me sostengáis en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Pamplona, 1 de julio de 2010.
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[1] Lc 18, 1.
[2] 1 Ts 5, 17.
[3] Cfr. San Jerónimo, Tratado sobre los Salmos, Comentario al Salmo I (CCL 78, 5-6).
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1959.
[6] Benedicto XVI, Homilía, 19-III-2006.
[7] Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31.
[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.
[9] Don Álvaro del Portillo, Il lavoro si trasformi in orazione, artículo publicado en la revista "Il Sabato", 7-XII-1984 ("Rendere amabile la verità", Libreria Editrice Vaticana, Roma 1995, p. 649).
[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.
[11] Don Álvaro del Portillo, cit., pp. 650-651.
[12] San Josemaría, Surco, n. 514.

martes, 18 de mayo de 2010

Carta del Prelado del Opus Dei (mayo 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].

En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio. Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.

La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos, a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría, se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].

Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón, y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, numquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].

Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en 1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (...). El tiempo ha sido —por decirlo así— "tocado" por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia»[4]. Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad»[5].

Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme, manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la Iglesia, el Opus Dei.

El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de sus hijos.

El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar —nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos en el Avemaría— también en la hora de la muerte.

Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos. Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María a querer el bien de la gente?

Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970, nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].

Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro Fundador.

Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría. Y, como nuestro Padre huía de "dar espectáculo", interrumpió su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente, y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda, pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante cerca de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente. Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.

Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal, sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras ocasiones.

«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración, creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú, Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor, porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.

»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos.

»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos una petición constante.

»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace falta»
[7].

Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!, porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración. Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados, pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos, con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].

Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse bajo su amparo?

Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a hablar, a decirte lo que queremos.

»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, et pulsanti aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»
[9].

Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús. A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús, a la Trinidad.

Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre, os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2010.

[1] Juan Pablo II, Catequesis mariana en la audiencia general, 1-X-1997.

[2] Liturgia de las Horas, Antífona mariana al final de las Completas.

[3] San Josemaría, artículo "La Virgen del Pilar", publicado de modo póstumo en "Libro de Aragón", Zaragoza, 1976.

[4] Benedicto XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.

[5] Ibid.

[6] San Josemaría, octubre de 1970.

[7] San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

domingo, 4 de abril de 2010

[Opus Dei] Carta del Prelado (abril 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ayer, 31 de marzo, se cumplieron setenta y cinco años del día en el que nuestro Padre celebró por vez primera la Misa y dejó reservado el Santísimo Sacramento en la Residencia de Ferraz. Y mañana, 2 de abril, habrán transcurrido cinco años del fallecimiento de Juan Pablo II. Dos aniversarios muy diferentes entre sí, que, sin embargo, causan un eco especial en nuestros corazones. Los dos caen este año en plena Semana Santa. Nos invitan a recorrer la senda de la vocación cristiana en unión estrecha con Jesucristo, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, acompañándole de cerca en su Pasión redentora.

Con frecuencia venía a la mente de nuestro Padre que, después de quedarse el Señor en el sagrario del Centro, la labor apostólica experimentó un gran crecimiento. Apenas pasado ese día, sin desaparecer las dificultades —que encontraremos siempre, porque por ese camino anduvo Nuestro Señor—, la cosecha comenzó a manifestarse con más abundancia. Nuestro Padre lo consignó por escrito en una carta al Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta Casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo»[1].

Todos conservamos en la mente que la muerte de Juan Pablo II produjo una sacudida espiritual en multitud de personas y dejó frutos innumerables. Estuvo precedida de años, meses y semanas en los que ese gran Pontífice ofreció —con su predicación y con su ejemplo, con su larga enfermedad, con su vida entregada y con su muerte— un testimoniomaravilloso de cómo hay que seguir a Cristo. Seguramente recordamos la determinación con que agarraba la Santa Cruz, mientras seguía por televisión el Viacrucis del Viernes Santo, en el que no pudo estar presente.

Estos y otros recuerdos nos pueden ayudar a meternos con más profundidad en las escenas de la Semana Santa. La liturgia del Triduo sacro, que comienza esta noche con la Misa in Cena Domini y concluye con la Vigilia Pascual, rememora elocuentemente el modo que Dios ha elegido para redimirnos. Pidamos al Señor gracia abundante para comprender con más profundidad el don inmenso, verdaderamente inestimable, que ha hecho a la humanidad mediante su sacrificio en la Cruz. ¿Qué te has propuesto para no dejar solo a Jesucristo? ¿Cómo le ruegas que te haga alma generosamente penitente? ¿Pones los medios para que no se produzca aquella desbandada que sucedió a los Apóstoles?

Comentando el himno de la epístola a los Filipenses, que describe el anonadamiento de Dios para salvarnos[2], Benedicto XVI explica que «el Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse hombre, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta la profundidad de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo. Por eso es justo —como dice San Pablo— que "al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!" (Flp 2, 10-11)»[3].

Detengámonos a meditar estas palabras de San Pablo, que escucharemos de nuevo el Viernes Santo antes de leer la Pasión según San Juan. Son como la puerta que nos permite introducirnos en los designios divinos, que tantas veces se alejan de los planes meramente humanos. Abracemos las contradicciones que Dios permita o nos envíe, con la seguridad de que son una prueba de su amor, como lo fue la Pasión y Muerte de su Hijo. «No fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. Y la muerte a la que se encaminó —añade San Pablo— fue la muerte de cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto —comenta el Romano Pontífice— el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso "despojarse de su rango" y hacerse hermano nuestro; por amor compartió nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer»[4].

Con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana. «La vida de Jesucristo, si le somos fieles —escribió San Josemaría—, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación— como en la conducta externa»[5]. Así, bajo la acción del Espíritu Santo, con nuestra colaboración personal, se irán consolidando los rasgos de Cristo en nosotros. También en la práctica del Viacrucis, podemos meditar con profundidad lo que escribía nuestro Padre: «Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias... Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus»[6].

Hijas e hijos míos, encomiendo al Señor que entendamos a fondo que la mayor manifestación de amor, de felicidad, está en el anonadamiento, porque entonces Dios llena el alma hasta el último pliegue. No olvidemos que son una verdad muy evidente aquellos versos —pobres, apostillaba nuestro Padre— que venían a los labios de San Josemaría: Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas, / hoy digo que me quieres.

El Señor utiliza este modo de actuar —la unión con la Cruz— para santificarnos, y también permite que la misma Iglesia sufra muchos ataques. «No es algo nuevo, comentaba San Josemaría. Desde queJesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia»[7].

Nada de esto debería sorprendernos. Ya lo anunció Nuestro Señor a los Apóstoles: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra[8].

Ciertamente, hay momentos en los que se intensifican los ataques a la doctrina católica, al Papa y a los Obispos; se pone en berlina a lossacerdotes y a cuantos se esfuerzan por llevar una vida recta; se reduce al ostracismo a los católicos laicos que, en uso de su libertad, se proponen iluminar las leyes y las estructuras civiles con las luces del Evangelio. Imagino que todas y todos sentiréis pena por esos pobres que sólo saben tener amargura en sus mentes, en sus almas. Llevémosles al Señor con nuestra oración.

Ante estas situaciones, no hemos de perder el ánimo ni encogernos; sintamos tristeza fraterna por aquellos que se mueven en el error, y recemos por ellos; devolvámosles bien por mal; y tomemos la decisión de ser más alegremente fieles y más apostólicos. Traigamos a nuestra memoria el Dios y audacia de San Josemaría en los primeros años de la Obra, cuando las dificultades en la vida de la Iglesia no eran inferiores a las actuales. Consideremos la afirmación de Nuestro Señor que os acabo de recordar: si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Dios no pierde batallas. Con su amor y su omnipotencia infinitos puede sacar, del mal, el bien.

Muchas veces han cantado victoria quienes pensaban que habían acabado definitivamente con la Iglesia, y siempre la Esposa de Cristo ha resurgido más bella, más pura, para seguir siendo instrumento de salvación entre las naciones. Ya lo señalaba San Agustín en su tiempo, con palabras que nuestro Padre recoge en una de sus homilías. «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. “Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece” (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»[9].

En ocasiones querríamos que Dios manifestara su poder librando definitivamente a la Iglesia de quienes la persiguen. Y quizá nos vienen ganas de preguntar: ¿por qué permites que humillen de este modo al pueblo que Tú has redimido? Es la queja que San Juan, en el Apocalipsis, pone en boca de los que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte: Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: —¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?[10]. La respuesta no se hace esperar: se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos[11].

Es el modo de actuar de Dios. Quienes fueron testigos del prendimiento de Cristo, de su juicio inicuo, de su injusta condena, de su muerte ignominiosa, concluyeron equivocadamente que todo había terminado. Y, sin embargo, nunca estaba más cerca la Redención de los hombres, que cuando Jesús sufría voluntariamente por nosotros. «¡Qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio!, comenta el Santo Padre. Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo»[12].

El Señor desea que en los miembros de su Cuerpo místico se cumpla el misterio de abajamiento y de exaltación mediante el cual llevó a cabo la Redención. «El Viernes Santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: "O crux, ave, spes unica", "¡Salve, oh cruz, esperanza única!"»[13]. Os sugiero algo que he visto hacer a nuestro Padre: paladear, meditar, hacer muy suyas esas palabras que se repiten en la Semana Santa de modo especial: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!

A la luz de la Resurrección gloriosa, que siguió a la muerte y sepultura de Jesús, los acontecimientos que causan dolor o sufrimiento adquieren su verdadero sentido. Esforcémonos por entenderlo nosotros así, amando en todo momento la Voluntad de Dios, que, aunque no quiere el mal, lo permite para respetar la libertad de los hombres y para hacer brillar más su misericordia. Y tratemos de que lo comprendan muchas otras personas que quizá se muestran confusas o desorientadas.

«Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa»[14]. El Señor sigue viviendo en la Iglesia, a la que ha enviado el Espíritu Santo para acompañarla eternamente. «Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad»[15]. Y añade nuestro Padre: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo»[16].

El día 23 de este mes, celebraremos un nuevo aniversario de la Primera Comunión de nuestro Padre. No sé cómo explicaros su alegría, su adoración, su fervor eucarístico en el día del Jueves Santo. Sí puedo deciros que su agradecimiento y su adoración a Jesucristo en la Hostia Santa eran ejemplares: todo le parecía poco, y rogaba al Señor Sacramentado que le enseñase a amar, que nos enseñase a amar.

Hay otras efemérides de la historia de la Obra en este mes; a vuestra curiosidad sana las dejo, para que, como buenas hijas y buenos hijos, sepamos agradecer a la Trinidad Santísima todas sus bondades con nosotros. Ahora, entre otras cosas, los frutos espirituales del viaje que he realizado a Palermo, el pasado fin de semana.

Seguid rezando por el Papa y sus colaboradores, por todas mis intenciones. La consigna que os propongo es la misma de San Josemaría en los comienzos del Opus Dei: Dios y audacia, fe y valentía, con un optimismo enraizado en la esperanza. Intensifiquemos el apostolado de amistad y confidencia propio de la Obra, sin respetos humanos, fundamentado en una vida de oración y de sacrificio, en un trabajo profesional cumplido del mejor modo posible. Y el Señor hará todas las cosas antes, más y mejor de lo que podamos imaginar.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2010.

[1] San Josemaría, Carta a don Francisco Morán, 15-V-1935 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 546).

[2] Cfr. Flp 2, 6-11.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Forja, n. 418.

[6] San Josemaría, Vía Crucis, VI estación.

[7] San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

[8] Jn 15, 18-20.

[9] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[10] Ap 6, 9-10.

[11] Ibid., 11.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[13] Ibid.

[14] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[16] Ibid., n. 137.

martes, 2 de marzo de 2010

Carta del Prelado (marzo 2010)

Este año, en su mensaje para la Cuaresma, el Papa toca el amplio tema de la justicia. Refiriéndose a la clásica definición de esta virtud —dar a cada uno lo suyo—, Benedicto XVI explica que «aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por la ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle»[1].

Dar a cada uno lo suyo, en el ámbito de las relaciones humanas, es presupuesto indispensable para el desarrollo de una sociedad justa, verdaderamente humana; y en este sentido, cada uno ha de esforzarse por cumplir lo mejor posible sus deberes hacia los demás, sea individualmente, sea en el seno de la comunidad a la que pertenece: familia, empresa, sociedad civil. Pero no podemos conformarnos con eso. San Josemaría aconsejaba: «Practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad»[2].



La honradez, la rectitud en el cumplimiento de los deberes hacia los otros, forma la base de una convivencia civil rectamente ordenada, aunque no es suficiente. El Señor se preocupó de curar a los enfermos, de alimentar a los que padecían hambre, etc.; pero se ocupó también, y sobre todo, de aliviar las necesidades espirituales: la ignorancia de las cosas divinas, la enfermedad del pecado... Porque, como escribe San Agustín, si «la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo (...), no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios»[3]. Por eso insistía nuestro Padre: «Convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn 4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos»[4].




Estas consideraciones, al principio de la Cuaresma, nos ayudan también a poner en práctica la invitación a la conversión que la liturgia nos dirige a lo largo de estas semanas, en preparación para la Pascua. Para colaborar eficazmente a la implantación de un orden más justo en la sociedad, en primer lugar hay que poner orden dentro de nosotros mismos.



Ya advirtió Nuestro Señor, cuando reprochaba a los fariseos a propósito de los alimentos "puros" e "impuros", que nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre[5]. En efecto, el corazón humano, herido por el pecado original y por los pecados personales, constituye la fuente de los mayores males; en cambio, en el corazón humano, sanado y elevado por la gracia, se halla también el origen de los mayores bienes.



El pecado original fue la causa de que se disgregara la primitiva comunión que unía estrechamente a los hombres con Dios y entre sí. Los pecados personales ahondan aún más esa fractura, hasta convertirla en profunda separación. Lo descubrimos en tantos aspectos de la vida individual y colectiva. Aunque abierto por naturaleza a los demás, el hombre «siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que le lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado en los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cfr. Gn 3, 1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre liberarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?»[6].




Esta pregunta expresa la aspiración más profunda de cada persona, porque habiendo sido creados por amor y para el amor, todos los hombres y todas las mujeres —por mucho que a veces parezcan ocultarlo— aspiran a llenar su corazón de un amor puro y grande, que significa donación a Dios y a los demás por Dios, de modo que no quede espacio para el amor propio desordenado. Y esto sólo resulta posible con la ayuda de la gracia divina, que sana, fortalece y eleva nuestra alma; gracia que nos llega abundantemente, sobre todo, por medio de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.



Fomentemos, pues, en esta Cuaresma el deseo de renovación espiritual, cuidando mejor la preparación para acercarnos a la Confesión con la frecuencia debida, y esmerándonos en la preparación diaria para recibir al Señor en la Eucaristía. Además, hagamos lo posible para que las personas con las que tratamos habitualmente recorran esta misma senda. ¿Hemos concretado el modo de vivir las prácticas cuaresmales que la Iglesia recomienda para estas semanas? Buscar el trato con Nuestro Señor y con la Santísima Virgen, vivir con mayor generosidad el espíritu de penitencia, fijarse metas concretas de ayuda a los demás, también y ante todo en el apostolado, traza el camino para llegar con el alma bien dispuesta a recibir los frutos de la Pascua.



En este itinerario, adquiere gran importancia el esfuerzo por convertirse cada día a Dios, en algún punto concreto de nuestra existencia. Estos sucesivos cambios —quizá en cosas pequeñas, pero con la misma decisión que si se tratase de cuestiones grandes— resultan momentos de gran importancia para nuestra santificación. El Señor desea ardientemente que se produzca esa mudanza en nosotros, pero necesita nuestra colaboración personal. Recordemos aquellas palabras de San Agustín: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti»[7].



A impulsos del Espíritu Santo, los pequeños progresos diarios poseen la virtud de abrir de par en par las puertas de nuestro yo, para que la gracia divina lo purifique y lo encienda en el amor de Dios y del prójimo. Por eso, como escribió San Josemaría, «no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza»[8].




Consideremos que la palabra "justicia" tiene en la Sagrada Escritura una acepción muy profunda, sobre todo cuando se predica de Dios. En este sentido, designa sobre todo la santidad divina, que el Señor desea comunicarnos gratuitamente por medio de la fe en Jesucristo, como enseña San Pablo en la carta a los Romanos. Porque no hay distinción, ya que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que está en Cristo Jesús. A Él lo ha puesto Dios como propiciatorio en su sangre —mediante la fe— para mostrar su justicia[9].



Sólo unidos a Jesús por la fe y los sacramentos hacemos nuestra esa santidad, que Él nos ha alcanzado, muriendo en la Cruz por nuestros pecados y resucitando para nuestra justificación. «Aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad»[10].



¡Qué bien se entiende, en este contexto, la constante predicación de nuestro Padre —primero, con su ejemplo— de revivir diariamente en la propia existencia «el papel del hijo pródigo»! Una enseñanza sobre la que hemos de retornar en todo momento, pero especialmente a lo largo de las próximas semanas. «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios.




»Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[11].



Tendremos más facilidad para recorrer sin cansancio este camino, si permanecemos muy cerca de la Virgen Santa, nuestra Madre, y de San José, su castísimo Esposo. Acudamos a Ellos con gran confianza, en este año mariano que hemos comenzado a recorrer en la Obra, con la urgencia de renovar en la fiesta del Santo Patriarca nuestra dedicación en la Obra. Me han removido de nuevo otras palabras de San Josemaría, que hemos de ponderar con hondura. Refiriéndose al comienzo de la labor apostólica del Opus Dei entre las mujeres, decía a sus hijas: «Pensaba que en el Opus Dei no habría más que hombres. No es que no quisiera a las mujeres (...), pero antes del 14 de febrero de 1930, yo no sabía nada de vuestra existencia en el Opus Dei, aunque sí latía en mi corazón el deseo de cumplir en todo la Voluntad de Dios»[12]. Hijas e hijos míos, ¿buscamos alimentar esta disposición —el deseo de cumplir la Voluntad de Dios— a toda hora? ¿Comprendemos que sólo con esta vibración tiene sentido la conducta de una mujer, de un hombre cristiano?



En el mes pasado hice un rápido viaje a Valencia —invitado por el Arzobispo de la Archidiócesis en el marco del Año sacerdotal— y a Palma de Mallorca, en las Islas Baleares, donde la labor de la Prelatura está creciendo con fuerza. En los dos sitios toqué con la mano, una vez más, la necesidad de Dios que anida en tantas almas, y he contemplado cómo reciben con agradecimiento el espíritu del Opus Dei, que les facilita la búsqueda y el encuentro con la Trinidad Santísima en el quehacer cotidiano. Como siempre que emprendo estos desplazamientos, me apoyé en la oración de todas y de todos. ¡Seguid acompañándome siempre!



El próximo día 23 se cumplirá un nuevo aniversario del tránsito del queridísimo don Álvaro. Al recordar la constancia con que siempre nos impulsó hacia la Virgen, os sugiero que recurráis privadamente a su intercesión para que las gracias de este año mariano calen profundamente en vuestras almas.



A finales de mes, el día 28, conmemoramos un nuevo aniversario de la ordenación sacerdotal de nuestro Padre. Pidámosle por el Papa y sus colaboradores, por los demás Obispos, por los sacerdotes del mundo entero, por las vocaciones sacerdotales y religiosas, por la santidad de todo el pueblo de Dios, que Jesucristo ha adquirido al precio de su sangre[13].




Con todo cariño, os bendice



                                                    vuestro Padre



                                                     + Javier



Roma, 1 de marzo de 2010. 






[1] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma del año 2010, 30-X-2009.



[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 77.



[3] San Agustín, La Ciudad de Dios XIX, 21.




[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 172.



[5] Mc 7, 15.



[6] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma del año 2010, 30-X-2009.




[7] San Agustín, Sermón 169, 13 (PL 38, 923).



[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 59.



[9] Rm 3, 22-25.




[10] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma del año 2010, 30-X-2009.



[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.



[12] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 11-VII-1974.




[13] Cfr. 1 Cor 6, 20; 7, 23.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Carta del Prelado (Dic 09)

Se avecina otra vez, con su novedad maravillosa, la Navidad; una fiesta que se celebra en casi todas partes; también en lugares donde apenas se conoce a Cristo. Para muchos -y causa pena-, se limita a una ocasión de hacer y recibir regalos, de tomarse unos días de descanso, o, sencillamente, de pasar más tiempo en familia. Los que hemos recibido el don de la fe, conocemos el verdadero significado de esta celebración: cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma[1].

Así nos lo recuerda la Iglesia repetidamente, a lo largo de estas semanas de preparación. Al comenzar el Adviento nos invitaba: vayamos con alegría al encuentro del Señor[2]. Y el Papa Benedicto XVI explica que la razón por la cual podemos caminar con alegría (...) es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza emprendemos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Durante las próximas semanas, día tras día, la liturgia propondrá a nuestra reflexión textos del Antiguo Testamento, que recuerdan el vivo y constante deseo que animó en el pueblo judío la espera de la venida del Mesías. También nosotros, vigilantes en la oración, tratemos de preparar nuestro corazón para acoger al Salvador, que vendrá a mostrarnos su misericordia y a darnos su salvación[3].

Esforcémonos para seguir este consejo del Santo Padre, leyendo con atención los textos litúrgicos y meditándolos en la oración personal. Y os pido aún más: esforcémonos cada uno, singularmente, para lograr que se recupere el sentido cristiano de estas fechas en la sociedad. No consideremos esta aspiración como una utopía. Nuestro Padre solía comentar que "a contar, se comienza por uno", y luego se continúa. Quizá rememoraba lo que hubo de hacer cuando el Señor puso la Obra en su alma, en sus manos. Y ese celo ?el suyo? de los principios creció siempre en su actitud de permanente apostolado. Asimilemos esta disposición, porque todos podemos trabajar en la recristianización de este mundo nuestro. Cada una y cada uno a su alrededor, de modo semejante a la piedra caída en el agua, que causa una onda, y después otra, y otra...[4].

Ante la llegada del Señor, que viene a instaurar en el mundo la justicia y la paz, las expresiones de la Sagrada Escritura rebosan de júbilo. Mirad que vienen días ?oráculo del Señor?, en que cumpliré la buena promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un brote justo, que ejerza el derecho y la justicia en la tierra[5].

Esta venida del Señor será siempre actual, porque visita esta tierra especialmente con la celebración diaria del Santo Sacrificio de la Misa, y sale a nuestro encuentro con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. De muchas maneras espirituales se acerca a nosotros a lo largo del año litúrgico; ahora, con la solemnidad del tiempo natalicio. Es tan fuerte su presencia que, aunque en algunos lugares intenten silenciarla, salta a la vista una realidad clara: el mundo "se para" porque es la Navidad. Cobra todo su relieve el canto del salmo: alégrense los cielos y exulte la tierra, brame el mar y cuanto lo llena; que se gocen los campos y cuanto hay en ellos. Entonces exultarán todos los árboles del bosque ante el Señor, que ya viene[6].
Hace veinte siglos, la llegada de Dios al mundo se realizó silenciosamente. Sólo los ángeles y un pequeño grupo de personas humildes ?los pastores? compartieron con la Virgen y San José el gozo del nacimiento del Redentor. También ahora la constante venida del Señor se realiza en el silencio. Pero donde hay fe, donde su palabra se anuncia y se escucha, Dios reúne a los hombres y se entrega a ellos en su Cuerpo, los transforma en su Cuerpo. Él "viene". Y, así, el corazón de los hombres se despierta. El canto nuevo de los ángeles se convierte en canto de los hombres que, a lo largo de los siglos, y de manera siempre nueva, cantan la llegada de Dios como niño y se alegran desde lo más profundo de su ser[7].

Tratemos de dar pleno sentido a los signos externos de estos días cristianamente festivos. Pongamos empeño ?insisto? en devolver al ambiente de estas semanas su genuino significado. Siempre es posible, por ejemplo, difundir las tradicionales costumbres espirituales y devocionales propias de estas fechas: poner el Nacimiento en el hogar; visitar los belenes que se colocan en las iglesias y en otros lugares, quizá en compañía de otros miembros de la familia; destacar el sentido espiritual del árbol de Navidad y de los regalos propios de estas fechas, que son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes...

En el segundo domingo de Adviento nos topamos de nuevo con la llamada al gozo sobrenatural ante el inminente Nacimiento de Jesús. En esta ocasión, el profeta Baruc se dirige a Jerusalén ?figura del alma que espera en el Señor? y le anuncia: quítate el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre. Envuélvete con el manto de la justicia de Dios, ponte en la cabeza la corona gloriosa del Eterno[8]. El Señor nos promete una alegría plena y eterna, que no se acabará nunca, si nos esmeramos en cumplir con amor sus mandamientos; si volvemos a Él una vez y otra mediante el arrepentimiento, cuando no hayamos sabido comportarnos como hijos buenos. La alegría, el optimismo sobrenatural y humano ?escribe San Josemaría?, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas ?porque tenemos corazón?, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica[9]. ¿Sacamos partido de estas y de otras circunstancias personales para dar buena acogida al Señor? ¿Con qué devoción acudimos a Santa María y a San José, para que nos ayuden en nuestro caminar hacia Belén?

Incluso nuestras miserias personales ?los pecados y faltas de los que no está exenta ninguna criatura en la tierra? han de servirnos de trampolín para lanzarnos con más confianza y amor a Dios Nuestro Señor, que nos ofrece constantemente su perdón, especialmente en el sacramento de la Penitencia. No cabe olvidar que el optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios[10]. De este modo se aposenta en nuestras almas la verdadera alegría, que se identifica con el gozo de estar con el Señor. Era muy hondo el contento de nuestro Padre, mientras esperaba que Cristo llegase a nosotros en Navidad.

Toda esta alegría se ha cumplido plenamente en la Santísima Virgen, como nos recuerda la solemnidad de la Inmaculada Concepción. En esa gran fiesta, la Iglesia pone en labios de nuestra Madre unas palabras del profeta Isaías: reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas[11].

¡Qué júbilo debe producirnos ver a la Virgen tan cerca de Dios, glorificada en alma y cuerpo, y al mismo tiempo tan próxima a nosotros! Desde el Cielo, cuida de cada una y de cada uno, sigue nuestros pasos y nos alcanza de su Hijo todas las gracias que necesitamos. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María, comenta el Papa. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque Ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creadora[12].

La alegría litúrgica del Adviento estalla de modo incontenible al llegar la tercera semana, en el domingo llamado Gaudete a causa de las palabras con las que comienza la antífona de entrada: Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est[13]; alegraos siempre en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Viene a salvarnos de nuestros pecados; ésta es la raíz del característico alborozo de la Navidad. Canta de gozo, hija de Sión, alborózate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti[14].

En ocasiones, a la vista de las penas y desgracias que afectan a gran parte de la humanidad, podría insinuarse en el alma la tentación de la tristeza, del pesimismo, o al menos del desánimo. Hay muchas situaciones de violencia y de injusticia que es preciso remediar; son innumerables las personas que, en el mundo entero, carecen de lo más necesario para llevar una vida humana digna. Y, sobre todo, ¡hay tanta falta de amor en los corazones, tanto olvido de Dios, tantos egoísmos más o menos encubiertos! Nada de esto, sin embargo, debe apabullar a un hombre o a una mujer de fe. Al contrario, ha de impulsarnos a redoblar los esfuerzos, con la ayuda de la gracia, para sembrar con más abundancia la caridad en las relaciones humanas. María lleva la felicidad del Cielo a la casa de Isabel; tú y yo, ¿cómo actuamos para que los demás se beneficien de la cercanía de Jesús?

Escuchemos el consejo que daba San Josemaría: reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros[15].

Miremos el ejemplo de la Virgen. ¿Qué relevancia tenía a los ojos humanos una doncella, casi una niña, de un lugar tan desconocido como Nazaret? Y, sin embargo, Dios se fijó en Ella y la convirtió en Madre del Verbo encarnado y redentor. Contemplémosla otra vez en la escena de la Visitación a Santa Isabel, como nos propone el IV Domingo de Adviento en el Evangelio. El cántico del Magnificat, fruto del trato habitual de Nuestra Señora con Dios, alimentado por su familiaridad con la Sagrada Escritura, se nos revela como un canto de absoluta confianza en el poder de Dios y, por tanto, repleto de un júbilo santo.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava (Lc 1, 46-48). Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender[16].

Hagamos nuestra la lección de María. El Señor ha dado a los cristianos el mundo por heredad[17], y estamos seguros de que su palabra se cumplirá con nuestra colaboración, porque Él ha querido ?en su bondad? contar con cada uno de nosotros. Por eso hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe en el poder de Dios ?Dios no pierde batallas?, con un optimismo que no procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y presuntuosa[18].

Sigamos rezando por el Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los obispos y sacerdotes. Especialmente en este Año sacerdotal roguemos que el Señor conceda a la Iglesia muchos ministros santos. Como explicaba el Santo Cura de Ars a sus feligreses, «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veáis a un sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo»[19].

En los días pasados realicé un viaje a Córdoba, invitado por el Administrador Apostólico para hablar al clero de la Diócesis en el contexto del Año sacerdotal, y para bendecir juntos la imagen de San Josemaría que se ha colocado en la parroquia de San Nicolás; en ese templo, nuestro Fundador rezó el 20 de abril de 1938, durante su primer viaje a esa ciudad andaluza. También tuve ocasión de reunirme con muchísimas personas ?hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores? que participan en la labor apostólica del Opus Dei. Luego marché a Pamplona, y desde ahí he regresado a la Ciudad Eterna. Como siempre, he realizado estos viajes muy unido a cada uno de vosotros y a los viajes de nuestro Padre, dando gracias a Dios porque la semilla que San Josemaría sembró en solitario ha crecido de modo admirable, por la fuerza de la gracia de Dios.

Con todo cariño, os bendice y os desea una santa y feliz Navidad

                                                                 vuestro Padre

                                                                  + Javier

Roma, 1 de diciembre de 2009.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 12.

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento (A), Salmo responsorial.

[3] Benedicto XVI, Homilía en el Domingo I de Adviento, 2-XII-2007.

[4] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

[5] Misal Romano, Domingo I de Adviento (C), Primera lectura (Jr 33, 14-15).

[6] Misal Romano, Natividad del Señor, Misa de medianoche, Salmo responsorial (Sal 95 [96] 11-13).

[7] Benedicto XVI, Homilía en la Natividad del Señor, 25-XII-2008.

[8] Misal Romano, Domingo II de Adviento (C), Primera lectura (Ba 5, 1-2).

[9] San Josemaría, Forja, n. 290.

[10] San Josemaría, Forja, n. 659.

[11] Misal Romano, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Antífona de entrada (Is 61, 10).

[12] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Inmaculada, 8-XII-2005.

[13] Misal Romano, Domingo III de Adviento, Antífona de entrada (Flp 4, 4-5).

[14] Misal Romano, Domingo III de Adviento (C), Primera lectura (So 3, 14-15).

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 160.

[16] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 241.

[17] Cfr. Sal 2, 8.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 123.

[19] Santo Cura de Ars, cit. en A. Monnin, Spirito del Curato d'Ars, Ed. Ares 2009, p. 79